Antonio Bueno

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Antonio Bueno (1935 - 1984)

La familia de Antonio Bueno tuvo una historia sin duda ajetreada, dispersa entre cinco o seis países de Europa. No es fácil resumirla. Javier Bueno, el padre de Antonio, pasó la mitad de su vida peregrinando entre su natal España, Francia y Alemania, antes de establecerse definitivamente en Suiza. Tuvo dos mujeres (las dos de nacionalidad diferente a la suya) y cuatro hijos; primero fue periodista, después funcionario de la Sociedad de las Naciones, finalmente novelista. A principios de los años veinte era uno de los periodistas más conocidos y mejor pagados de Madrid; las perturbaciones políticas le obligaron a abandonar una carrera de éxito y a acabar su existencia lejos de su patria. A su primera mujer, madre de sus primeros tres hijos, la conoció en París en 1910: era rusa, y también era una exiliada más o menos voluntaria.

Inicialmente Antonio Bueno tuvo una vida dura en Florencia, especialmente en el período inmediatamente sucesivo a su "divorcio" del hermano Xavier (que tuvo lugar en 1949); pero en parte eso fue la consecuencia de su precisa elección. Si hubiera querido, habría podido conseguir una buena fama local, continuando, por ejemplo, con su trabajo de retratista; en cambio prefirió siempre experimentar, ir en contra de la corriente, escogiendo caminos que podían parecer a veces antiguos patricios y a veces atrasados. Un constante esfuerzo de originalidad, que fue premiado sólo al final y a costa de grandes sacrificios.

En los años cuarenta, Bueno se afrontaba a experimentos de refinado e incomparable realismo, que sin embargo no se manifestó como experimentos de riesgo (la crítica pasando por alto del intento "pobrístico" de sus bodegones, quiso ver en ellos una tentativa de reacción). Siguió, entre 1952 y 1959, con el así llamado período de las "pipas": en los cuadros de aquel tiempo, que intentaban llegar a un interesante compromiso entre la abstracción y la figuración, cada presencia humana o "natural" era sustituida por objetos de valor matafísico - pipas de yeso, precisamente, aquellas que fumaban Antonio y Xavier cuando eran estudiantes en Ginebra, cáscaras de huevo, lápices y pinceles. La actividad de Bueno alcanzó la intensidad máxima durante los años sesenta, cuando prácticamente se convirtió en el coordinador de la vanguardia florentina, dando vida a exposiciones e iniciativas de todo tipo y dedicándose a unas formas de arte más o menos provocativas (pintura monocromática, arte "tecnológico" y de multimedia, poesía visiva, audiopintura, pintura por metros, siempre con explícitas referencias al mundo del pop-art).

Los años cincuenta y sesenta, salvo limitadas paréntesis, fueron para el artista y para su familia años de serias dificultades y preocupaciones. La pintura de Bueno intentaba encontrar un puesto en el mercado; parecía que suscitaba interés sólo fuera de Florencia (en Milán, por ejemplo), y de todos modos más en el extranjero que en Italia (su primera personal de auténtica resonancia tuvo lugar en Nueva York, en 1959). Además de las constantes preocupaciones económicas, en aquellos infelices veinte años Bueno tuvo que luchar también contra el aislamiento, artístico y personal, al que le condenaba su condición de extranjero; en este sentido su adhesión a varios movimientos y corrientes de la vanguardia del período (el "Grupo '70", "Nueva Figuración", etc.) puede ser también interpretada como un intento de ganarse la atención de los críticos y de los colegas.

Sin duda, consideraciones de este tipo convencieron a Bueno, ya en los años cincuenta, de la necesidad de obtener la ciudadanía italiana. La obtuvo sólo al tercer intento, en 1970, y solo tras haber puesto patas arriba el mundo cultural para recoger firmas y enviar una petición al Presidente de la República. En cuanto a la cuestión de la ciudadanía, hay que mencionar que cada uno de los tres hermanos Bueno había hecho una elección diferente: Antonio, como se ha visto, había optado por Italia, Xavier permaneció imperturbablemente fiel a su condición de apátrida y Guy, el mayor, regresó a España.

El ansia de italianizarse, de todos modos nunca indujo a Antonio a renegar de sus propios orígenes, ni del cosmopolitismo de su propia formación. Hasta se podría decir, con bastante aproximación, que para él como cultura de referencia quedó, para toda la vida, la francesa: franceses eran la gran mayoría de los libros de su biblioteca, franceses sus autores predilectos (Rimbaud, France, Céline, Simenon), francés su último amor en la pintura, Ingres. Incluso viviendo en Italia, no dejaba de mantener contactos con los intelectuales de allende los Alpes como Albert Camus, Lucien Goldman o Yves Velan; el italiano, al fin y al cabo, lo habló siempre con un poco de acento.

Hacia los fines de los años sesenta, en la vida y en la pintura de Antonio Bueno se manifestaron profundos cambios. Ya se había consumado su definitivo divorcio de la vanguardia: el artista (que sin embargo nunca había llegado a negar la primacía de la figuración) volvía ahora a una pintura declaradamente "neopasadista" -o, para usar algunas más de sus etiquetas irónicas, "neokitsch" y "pompierística". El período de las luchas, de los experimentos, de las reuniones ruidosas e iconoclastas, ya se había terminado. En los últimos quince años de su vida, las participaciones en las exposiciones colectivas se hicieron raras, para no decir excepcionales; las amistades mientras tanto también se habían enrarecido igual que las ocasiones mundanas, los viajes y los desplazamientos en general. El personaje público, el presentador que durante tantos años había sido el demiurgo, para decirlo así, de la vida artística florentina (y no solamente), ahora se retiró a su colina a unos veinte kilómetros de Florencia, a una casa grande rodeada de un bosque. En parte, el cambio de costumbres había sido determinado también por el empeoramiento de las condiciones de salud: Bueno padecía una cirrosis hepática probablemente provocada por el prolongado contacto con las sustancias nocivas contenidas en las pinturas y disolventes.

El trabajo, en cambio, seguía a los mismos ritmos de siempre, tal vez incluso más veloces. El oficio de pintor es uno de aquellos oficios que no conocen fiestas ni vacaciones: Bueno, por ejemplo, llevaba consigo el caballete y las pinturas incluso cuando iba a pasar el verano en casa de su hermano Guy, en Mallorca. Aprovechaba incluso las horas de la vela suplementaria a la que le obligaba el insomnio; prácticamente, salía de su estudio sólo para consumir comida (lo que hacía siempre de prisa y con furia).

El hecho es que Bueno nunca consiguió renunciar a su severa regla de dibujar, de la búsqueda exigente de diligencia y perfección; tras haber alcanzado el auge en las técnicas y los métodos de la gran pintura del pasado, estaba como condenado a quedarles fiel para siempre. La superior negligencia del maestro famoso, la capacidad de vivir, como se dice, sólo de la firma, no la pudo jamás experimentar: cada cuadro, incluso el más pequeño, le requería siempre varias jornadas de trabajo. Para conservar fresca la materia de un día al otro, y poder así continuar a trabajarla, amasaba el color con una mezcla de óleo y petróleo; otro útil recurso consistía en meter los cuadros en el frigorífico durante las pausas en la elaboración. Para absorber el exceso del óleo, alternaba los pinceles y el papel de periódico, después de haberle oportunamente pasado una plancha. A menudo taponaba la pintura con las yemas de los dedos, un procedimiento del que ningún médico consiguió disuadirlo.

La esclavitud del caballete, naturalmente, reducía muchísimo sus posibilidades de ocuparse de otras cosas o de distraerse. Era verdaderamente poco, por ejemplo, el tiempo que le quedaba para la familia. Además de la pintura, desde joven había experimentado un vivo interés por la música (como atestiguan también los numerosos Concertini dibujados en la madurez). De pequeño había estudiado el violín durante nueve años; después pasó al piano, instrumento sin duda menos ingrato y de mayor satisfacción para el diletante. Ahora la música servía más bien para confortar que para otra cosa, de fondo a sus interminables trabajos pictóricos. Alguien, generalmente su mujer Evelina, tenía que asistirle dando la vuelta a los discos en el viejo gramófono (si lo hacía él, sobre el disco quedaban imprimidas dos o tres características huellas de color). A la lectura, en cambio, se podía dedicar sólo de noche (también gracias al insomnio): de este modo, por ejemplo, en invierno de 1982 pudo releer a gran velocidad toda la Recherche de Proust.

Examinando el perfil caracterial y humano, se puede decir que Antonio Bueno era sin duda una persona original aunque no precisamente un excéntrico como generalmente se presume que debe de ser cada artista que se respeta. Era un hombre impetuoso, desordenado, a veces irascible; su rasgo más típico era sin embargo la distracción, que podía alcanzar extremos paradójicos. La falta de memoria continua le hacía perder mucho tiempo en la búsqueda de sus cosas, llevándolo a menudo a la exasperación. Y los objetos que no podía encontrar eran siempre los mismos: las gafas, la boina vasca, la libreta con los números de teléfonos. Era una caza angustiada, sin horario, que implicaba todo y a todos y llegaba a cada habitación de la casa.

Era además un conversador fascinante, aluvial, capaz de dilatar una conversación telefónica más allá de cualquier límite razonable, sin ningún objetivo, sólo por el gusto de hablar. En los últimos años, por la falta de interlocutores válidos, tuvo que recorrer a la escritura y se deleitó redactando (no sin meticulosidad, a decir verdad) muchas interesantes páginas autobiográficas.

Por una especie de curiosa compensación, el carácter de su pintura aparecía muy distante del suyo; es más, en muchos sentidos le era exactamente opuesto. La belleza y la precisión que vertía en sus cuadros eran en efecto del todo ajenas a su temperamento, y contrastaban visiblemente con su desordenado estilo de vida: su estudio, por ejemplo, impresionaba a los visitantes por el caos y suciedad, y él mismo se ponía sólo chaquetas viejas y pantalones medio desgastados, todos salpicados de pintura. El hombre que en la vida de todos los días era tan exuberante y expansivo, pintando se hacía en cambio reticente y malicioso; rehuía cualquier crítica, cualquier exhibición, contentándose de aludir quedito, de urdir sutiles metáforas.

Precisamente este, pensándolo bien, es el dato esencial para el que quiera interpretar la pintura de Bueno: aquellos rostros vacíos, atónitos y estúpidos (estúpidos tal vez por lo absurdo de la vida), casi no trasmiten pensamiento o sentimiento sólo porque intentan sea como sea contenerlos dentro. Es una pintura de lo implícito, jamás sencilla o superficial como se esfuerza parecer.

Fuente del texto: Ciudad de la pintura

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