Los jardines de Aranjuez

el . Publicado en El dedo de Dios

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Hay que entender el esfuerzo que se había hecho en los caminos de penetración al Real Sitio, sobre todo en el ya descrito Camino Real de Madrid, que había hecho afirmar a Bourgoing, secretario de la embajada francesa: «El camino de Madrid a Aranjuez es uno de los más hermosos y mejor conservados de Europa ... » Y si esto había sido así, ¿qué celo no se habría puesto en organizar los jardines del palacio?

No había sido fácil. El Sitio, planificado por los jardineros de los monarcas de la Casa de los Austria, Felipe II y Felipe III, estaba ideado respondiendo a las preferencias flamencas. Un jardín más paisajista que geométrico, donde los caminos se cruzaban de una manera que a los Borbones les había parecido anárquica y descontrolada; y precisamente controlar la naturaleza era una de las metas de la jardinería francesa, convertir el jardín en un salón más de palacio, en el más importante. Esa fue la meta de Esteban Boutelou, el jardinero francés que estuvo sesenta años al servicio de los Borbones y cuyos hijos estudiarían después el arte de la jardinería en Francia e Inglaterra para ponerlo al servicio de los reyes españoles; de manera que arquitectos y jardineros, año tras año y reinado tras reinado, fueron remodelando los extensísimos, inacabables, jardines de Aranjuez.

A pesar de que los franceses consideraron a su llegada que el ajardinamiento de Aranjuez era de pésimo gusto y que sólo la naturaleza había puesto de su parte en el bello entorno del palacio viejo de Felipe II, lo cierto es que las noticias que tenemos del estado de conservación del antiguo jardín son halagüeñas; y eso a pesar del deterioro que presumiblemente debió de sufrir cuando en 1706 estableciera el Marqués de las Minas su gobierno y sus tropas, en plena guerra de Sucesión.

Las imágenes

Álvarez de Colmenar, en 1707, nos cuenta que el jardín trazado por Herrera Barnuevo entre 1660 y 1690 estaba muy bien conservado, habla de sus paseos, grutas, fuentes, parterres, cenadores... y considera que sus maravillas convierten al palacio en un verdadero lugar encantado. Describe las fuentes y queda maravillado ante la de los Amores, a cuyo vaso lanzan el agua cuatro enormes árboles desde lo alto de sus copas; y le impresiona la gruta mandada hacer por Felipe III un siglo antes, a la que se asoman dragones por encima de los cuales una bandada de pájaros comenzaba a gorjear antes de que se iniciaran los juegos de agua. Sus trinos se oían al mismo tiempo que los órganos y trompetas que sonaban también en el lugar. Todo ello por no mencionar la multitud de pequeños estanques poblados de cisnes que se encontraban por doquier.

El duque de Saint Simon recuerda también los caprichos vistos en el jardín de la Isla. Los pájaros falsos colgados de los árboles dejan caer el agua sobre el incauto paseante que se detiene a ver las estatuas, y las fauces de los leones los empapan de repente. Lo critica y considera que frente a la nobleza del jardín francés y el arte excepcional de Le Notre, estos jardines de gusto flamenco no son mas que «pequeñeces y niñerías». Y es que no cabe duda de que todas estas cosas, por muy sorprendentes que fueran, no estaban dentro del esquema borbónico, cuya dinastía se empeñó en llevar aquella caprichosa naturaleza semicontrolada al estado de perfecta racionalidad y simetría.

El resultado fue más que aceptable. Inmensas avenidas adornadas con estatuas; también con incontables fuentes y surtidores, cascadas y grutas, pero remodeladas de tal forma que crearon un universo extremadamente placentero que no parecía tener rival. A partir de entonces nadie dudó en considerar los jardines de Aranjuez como los más hermosos de su tiempo.

Los más importantes cambios se hicieron en el jardín de la Isla y en el del Príncipe por orden de Carlos IV antes de ser rey. Las reformas realizadas en ambos fueron profundas y muy estudiadas por el propio Príncipe de Asturias porque el deterioro al que se había llegado era muy grande. Ya en 1776 Henry Swinburne hacía alusión al abandono en que estaba sumida esta zona del Real Sitio, lamentando la pérdida de lo que debió de ser en su día una cuidada labor de jardinería. «Es éste un lugar paradisíaco, atravesado por paseos y prados circulares que en su origen debieron de ser muy regulares y rígidos en su estado primitivo, pero la naturaleza, después de un siglo ha arruinado la regularidad del arte; los árboles han crecido más allá del límite que se les marcó y han destrozado los linderos.»

Fuente del texto: Aranjuez

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